Nota

Album amicorum nº12

por CECLI

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Ricardo Martínez es un entusiasta de la cultura popular en todas sus expresiones, aficionado a la cerveza Kross, a fumarse un cigarro mientras maneja, a los tangos de Gardel y la música indie. Además de escribir para diferentes medios de prensa y dar clases sobre música, multimodalidad y lingüística en varias universidades, hoy se toma un tiempo para llenar la página número doce de nuestro álbum de amigos y amigas. Los invitamos a navegar su colección de mementos, lugares y objetos que evocan un tiempo ya pasado, pero no por eso perdido.

1. Nos habíamos amado tanto de Ettore Scola

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Todos los años, religiosamente, Gianni, Nicola y Antonio, regresan a un localucho que se ubica en la Piazza della Consolazione, entre los foros romanos y el Tevere, en Roma. Se sientan, y piden tres medias porciones de “picchiapó”. Desde los asientos del Normandie los espectadores también se repiten el plato del Rey de la Media Porción, como lo han venido haciendo por lustros, en la presentación anual impajaritable de Nos Habíamos Amado Tanto. La cinta se ha cortado y se ha vuelto a pegar infinidad de veces, pero, eso no importa, ya todos nos sabemos los diálogos de memoria. Carlitos Gardel canta cada día mejor, la selección uruguaya campeona del 30 está cada vez más joven, el sol sigue saliendo. Y es que hay ciertas cosas que no tienen tiempo, ni fecha de vencimiento, aunque la película haya envejecido y sus tres actores masculinos hayan muerto.

2. Cartel de Cervezas de The Shamrock

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Botellas café y verdes sin etiqueta flotando entre agua y hielo en un tambor de aceite cortado por el medio en el entretiempo de una jornada triple de fútbol en el estadio un sábado a media tarde: esa era la imagen prototípica de la cerveza a fines de los setenta o inicios de los ochenta. Se le llamaba pilsener, pilsen o pilsoca y se vendía por metros cuadrados–el ancho y largo típicos de una mesa de boliche. Un producto de consumo masculino, adulto, considerado de medio pelo, que en dos décadas se convirtió en un brebaje también bebido por las mujeres, orientado a los jóvenes, y que pasó de la mesa coja con mantel de plástico de la fuente de soda, al mantel largo de los más rancios restaurantes. La imagen es el cartel de cervezas del The Shamrock, ubicado al lado del Passapoga en Providencia, y es de ver, algunas de las mejores cervezas (sobre todo IPAs) de Chile se venden ahí, en un lugar que es el bar irlandés por antonomasia en Santiago.

3. Equipo AKAI

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El minicomponente de audio de mi adolescencia, el AKAI (marca de Singapur, “Rojo” en japonés) M7, donde escuché a John Parr, a Yes y a Marillion. En su era uno de los más modernos equipos que se podían escuchar en las casas Ley Pereira de Providencia o Las Condes, el sitio donde aprendimos de música, donde apretamos REC rezando para que el locutor de la Radio Concierto (o Carolina, Tiempo o La Ciudad) no “marcara” el tema. Ahora no hay equipos como esos, ni esos viajes a la casa matriz en Ricardo Lyon a buscar por enésima vez una aguja de repuesto para el tocadiscos. Cuántas cajas de zapatos rellenas con vinilos 7’’, cuántos casetes C60 o C90, cuántas ecualizaciones diferentes probadas en la vieja casa de Vecinal 160, con frío o calor, en invierno o verano, y la música saliendo de los parlantes.

4. Foto Barcelona

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A inicios de 2016 hice una pasantía en Barcelona, en la Pompeu Fabra, y me movía para todos lados en una red de metro maravillosa. Las últimas tres semanas la Carmencita me fue a acompañar, y un día saliendo hacia Gracia de la Estación Fontana nos encontramos con una de esas casetas para tomar fotos, similares a las que en su día encontré en París una década antes y que servían–en París, no en Barcelona–para hacerse un carnet de viajero mensual o semanal–donde está el secreto de por qué eran tan importantes estas casetas en Amélie. Nada. Un bonito recuerdo al que incluso se le podía poner un marco adecuado. Ahora esta foto descansa en la puerta del refri en la casa y nos reímos cada vez que la vemos al ir a sacar un yogur.

5. Chevy Nova

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Hace exactamente treinta años mi padre, al yo cumplir los 18, me regaló un auto. Yo no sabía manejar El auto que me regaló mi papá tenía que ser–según él–un verdadero armatoste por si teníamos algún accidente, así que le pidió a su mecánico, Don Pepe, que entre sus clientes buscara alguna oferta. Esa tarde de fines de junio, principios de julio, por primera vez fui con mi padre hasta el taller de Don Pepe en Portugal con Maule. El auto era un Chevy Nova del Setenta y Medio bien resistente y gastador de bencina como no he vuelto a ver (daba 3,5 Km por litro, en esa época a 60 pesos el litro de bencina). Se llamaba del Setenta y Medio porque ese año los Chevys se demoraron en salir al mercado así que les pusieron ese nombre porque llegaron a mediados de 1970 a Chile. El Chevy Nova este tenía dos o tres características sumamente especiales para la época, lo primero eran los cambios en el manubrio, lo segundo que su dirección era servosasistida, así que, aun cuando era un armatoste, era súper fácil de maniobrar, la tercera, una muy buena radio Alpine.

5. Libro de ajedrez

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A inicios de los años ochenta en la parte trasera del Complejo Dos Providencias en Lyon con Providencia se puso, en la mesanina, una librería. Era una librería demasiado distinta a las otras del barrio, como la Studio o la Feria Chilena del Libro o la Mon Ami. En esta librería traían libros españoles maravillosos. Y era una librería medio secreta. Allí me compré la primera enciclopedia que fue mía y no posesión de la familia–como la Salvat de doce tomos rojos y de secuencia de palabras A-Arre, Arre-Buru, Buro-Coqui, etc.–la Área 5. Y también este libro que con una didáctica asombrosa me enseñó a jugar ajedrez. Y no solo a mover los peones o los caballos, sino qué era un jaque al descubierto, una clavada o una tijera. Es uno de los tesoros ocultos de mi infantoadolescencia.

6. Indietracks

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Recuerdo que cuando me puse a investigar sobre en indiepop descubrí que la palabra para una persona obsesionada con las oscuridades y luces de la cultura pop se llamaba en los Estados Unidos “nerd”, en Japón, “otaku”, en España, “friki”, en Chile, “ñoño”, pero que la palabra más significativa era la que usaban en Inglaterra, “anorak”. Anorak es el nombre de las “parkas” y fue un periodista del Observer quien en los ochentas le dio ese nombre a un tipo especial de nerd/friki/otaku/ñoño, los “railfans”, personas obsesionadas con todo lo que tiene que ver con los trenes, que solían usar parkas como su “dress code”. Los popkidz siempre fueron railfans, siguiendo en sus mapas las rutas de los trenes, aprendiéndose los nombres o sobrenombres de las locomotoras, las marcas y diseños y modelos, siguiendo líneas de tren ya olvidadas o perdidas o abandonadas. Justo en una de esas estaciones perdidas se hace cada año el Festival Indietracks.

7. Liceo Montessori

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Una alumna el semestre pasado hizo una presentación sobre Maria Montessori y contó algo sobre su lucha para poder llegar a ser la primera médica en Italia. Y entonces me di cuenta de que cada vez que vemos la historia de una mujer luchando por participar de un espacio hasta ese entonces controlado por los hombres, estas mujeres sobresalen más que todos los hombres. Se me ocurren tantos nombres: Inés de la Cruz, Marie Curie, Rosalind Franklin, Hedy Lamarr, Virginia Johnson, Frida Kahlo, y tantas otras. Es curioso para mí que nuestra sociedad -aún- machista tenga que rendirse (y bien que así sea) ante la evidencia de que las mujeres cuando batallan por ganarse un espacio, lo ganen de manera rotunda. Y eso me trae un recuerdo de Montessori. Cuando estaba en Roma en 2000 por la Jornada Mundial de la Juventud, el billete de mil liras traía su efigie. Del mismo modo, a dos cuadras de la Via del Po, estaba el Liceo Statale Maria Montessori. Justo al frente de uno de los edificios modernos que más amé de esa ciudad.

8. Ventana de bus

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Solo mirar por la ventana el mundo como pasa. No es un espacio. No es un objeto. Es una experiencia.

9. Impresor de etiquetas

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Uno de mis juguetes favoritos de la infancia, la embossing tape que, si lo pensamos bien, producía LA fuente–font–del punk, del DIY y del “revolt into chilhood”. Qué sería de los discos de la retromanía, como los de Snow Patrol o The Libertines sin ella. Cuántas semanas a principios o mediados de años tantos niños y niñas hicimos las etiquetas de nuestros nombres en los cuadernos con máquinas un poco menos sofisticadas que la de la imagen, deteniéndonos en el sans serif blanco sobre negro y marcando luego todo lo que hubiera en nuestras piezas y fuera de nuestra pertenencia.

10. Napster

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A inicios de 1999, cuando todo era MP3, un conocido me mostró Napster, un programa que te permitía conectarte con otros computadores personales vía Internet y descargar de ellos miles de canciones (de acuerdo con “A & M Records, Inc. v. Napster Inc.”, para 2001, Napster albergaba accesos a unos 250.000 temas: 1TB de información musical). La conexión de aquella época se realizaba por módem y era sumamente lenta, habitualmente de 14,4 kbps, lo que permitía bajar un mega en algo así como una hora. Bajar una canción de tres minutos (que en el formato de compresión de la época pesaba unos tres megas) tomaba fácil tres horas. Luego vino el cambio de sistemas de conexión, los “planes vampiro”, la aparición del DSL, del cable y así. Uno miraba la lengüeta de descargas de su Napster y se sentía entero pollo viviendo en el poto del mundo, mientras las conexiones de los usuarios estadounidenses se llamaban “Cable”, “DSL” y, la más veloz de todas, la “T3”.

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