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Visita a la exposición “Vestidas: 100 años de Moda” en Santiago

por CECLI

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Perlas cultivadas, botones de azabache, bordados de hilos de plata y rigurosas telas negras destellan a lo largo del gran salón que exhibe una treintena de trajes pertenecientes a destacadas mujeres chilenas- o avecindadas en Chile- entre los años 1810 y 1910. “Vestidas: 100 años de moda” es una singular exposición de indumentaria femenina, organizada por la Corporación Cultural de Vitacura y situada en Casas de Lo Matta.

La exhibición está organizada temáticamente, a partir de ciertos protocolos y actividades, como el paseo, el luto, la recepción, el matrimonio, el hábito religioso y la vida cotidiana, y permite contemplar, desde una inmediata proximidad, las telas, los colores, las aplicaciones, los cortes y los volúmenes predilectos por las mujeres de la alta sociedad, así como también su fascinación y fidelidad hacia las tendencias vestimentarias europeas del siglo XIX y principios del siglo XX, las que conocieron de primera fuente o bien a través de revistas importadas como La Moda del Correo de Ultramar. La descripción de cada pieza es cuidadosa, no solo gracias al conocimiento de los propietarios de la colección, los primos Jorge Squella, Pablo Jordán y Rodrigo Duarte -a cuya familia pertenecieron gran parte de los trajes-, sino también al inventario que sus parientes Loreto Cousiño y Marta de Couratier, hacia 1918, elaboraron con el fin de registrar el patrimonio vestimentario familiar y así sentar las bases para un soñado club de teatro: apuntaron todos los datos de los vestidos, tales como tela, data, uso y dueña. Las prendas, que suman alrededor de 300, fueron guardadas por años en baúles, hasta que con el paso del tiempo se convirtieron en disfraces: por ejemplo, es posible ver en el vestido de luto n° 7 (c. 1850), las huellas de las distintas alforzas que se le practicaron, con el fin de que las niñas de la familia, en los años 60s, pudieran lucir como “damas antiguas” en alguna fiesta. Tras esa segunda vida de los vestidos, Jorge, Pablo y Rodrigo decidieron preservarlos para darles una tercera existencia, mediante diversas exhibiciones de carácter museográfico, como esta.

El equipo de CECLI tuvo la fortuna de visitar la exposición junto a Jorge Squella, quien nos contó algunos secretos de las piezas exhibidas, así como también curiosidades de su confección, funcionalidad y ornamentación ¡que no podemos callar!

Luto y lujo

El centro de la exhibición es la indumentaria de luto, conformado por cuatro vestidos. Aquí, luto y lujo se unen en trajes de alta costura, como es en el vestido nº10 en raso de seda y tul de seda, con encajes y aplicaciones de terciopelo, creado por Jean Philippe Worth, hijo de Charles Frederick Worth, creador del vestido nº8 -considerado el primer diseñador de alta costura. Destaca el vestido n° 9  (c. 1889), traje maternal de luto, ceñido por botones de azabache, que usó Marta Demarcè de Couratier por la muerte de su padre, y que impacta por la tensión entre vida y muerte que manifiestan tanto su color como su forma. Estos vestidos de luto nos muestran que el rito fúnebre, en la esfera aristocrática, exige un tipo de indumentaria ostentosa y sofisticada a sus participantes; que las tendencias de la moda bien podían reflejarse en ella, como el descomunal polisón del vestido n°8; y, por último, que el ser humano está íntimamente familiarizado con la muerte, especialmente durante el siglo XIX: en una época en la que la esperanza de vida no superaba los 50 años y la mortalidad infantil era alta, la muerte era tan cotidiana que hombres y mujeres debían tener en su armario las prendas imprescindibles para vestir de luto en cuanto fuera necesario. Jorge nos comentaba que, incluso, muchas tiendas de vestuario tenían un departamento especializado en luto. Si bien los cuatro trajes de luto de esta exposición son de color negro, tonalidad que expresa la falta de luz por la muerte de un ser querido, Jorge nos explica que la paleta cromática del luto, por esos años, era mucho más amplia de lo que pensamos: el blanco simbolizaba la luz al final del camino de la vida; el celeste, el lugar al que aspiramos llegar tras morir; el ocre, la caída de las hojas en otoño como metáfora de muerte y transformación.

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Detalle del polisón del vestido (n° 8) de luto en raso de seda y encaje, c. 1873, usado por Isidora Goyenechea de Cousiño, diseñado por Charles Frederick Worth.

Mujeres rayadas

Uno de los vestidos más impactantes de la exposición es uno que perteneció a Eugenia Huici, la mecenas chilena del arte vanguardista europeo. Este vestido de paseo en gasa y encaje, que data de 1900, tiene la particularidad de tener un estampado a rayas negras y celestes, generando un efecto óptico muy atractivo. Como explica Michel Pastoureau en The Devil’s Cloth: A History of Stripes, desde la Edad Media, el patrón a rayas ha estado asociado a la locura, el crimen y el escándalo, al ser usado por bufones, pacientes siquiátricos, prostitutas e, incluso, órdenes religiosas mendicantes como la Carmelita que, en su rama masculina, llevó capas a rayas, que fueron transgresoras. Durante la época victoriana, este patrón estuvo presente en la indumentaria deportiva y náutica, y solía ser el ícono de las carpas-camarines que se instalaban en las playas. Sin embargo, pronto se comenzó a emplear en la vestimenta femenina. Jorge nos contó que, como para algunos seguía conservando esa antigua carga negativa, o bien consistía en una trama demasiado vanguardista, era común que a fines del siglo XIX se dijera que las mujeres que vestían con este patrón estaban “rayadas”. ¡De ahí que hasta hoy en día usemos la expresión “rayado/a” como sinónimo de loco/a!

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Vestido (n° 27) de paseo en gasa y encaje, c. 1900, usado por Eugenia Huici de Errázuriz.

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Retrato de Eugenia Huici, José Tomás Errázuriz, s/f.

Ruedos

Sin duda, uno de los elementos más llamativos de los vestidos expuestos es su largo. Debido a ello, el ruedo, en muchos casos, se desgastaba por el roce con el suelo. Si miran con detención el ruedo del vestido maternal de luto n° 9 (c. 1889), se encontrarán con una sorpresa: lo circunda una diminuta escobilla negra, de cortísimas cerdas ¡que buscaba protegerlo y prevenir que la suciedad se adhiriera! Jorge nos contó que, de hecho, dentro de su colección hay una aplicación de escobilla blanca, que fue una de las pieza que sobrevivió de un singular vestido de novia de 1900, de un tafetán de seda tan frágil que se deshizo. Y si de largos se trata, durante la década de 1830, se estiló acortar algunos centímetros los vestidos con el fin de poder lucir medias de seda que tenían bordados en el empeine: los vestidos de paseo n° 4 (c. 1835, perteneciente a Paula Jaraquemada) y n°5 (c. 1832, de Loreto Squella y Lopetegui, madre de don Luis Cousiño) habrían sido usadas con medias de este tipo. ¡Coquetería, literalmente, a sus pies!

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Zapatos forrados en raso de seda y mostacillas de cristal, y medias de seda bordada, complementos de traje de novia, c. 1895.

Ropa de temporada

A lo largo de la exhibición, es posible encontrar piezas diseñadas para el invierno y el verano, y para paseos diurnos y fiestas nocturnas. Debido a que el uso del escote estaba sumamente reglamentado, permitiéndose en contextos como recepciones (en ese sentido, el vestido n° de 30, usado por la compositora Isidora Zegers, es bastante audaz no solo por su potente color rojo sino por su escote), las mujeres del siglo XIX y principios del siglo XX, debían llevar vestidos con cuello alto la mayor parte del tiempo. Así, el pecho parece convertirse en un soporte donde encajes, bordados en lentejuelas, mostacillas de cristal y perlas, corbatines y cintas de raso traman maravillosas fantasías textiles: si no se puede mostrar más de lo debido, incluso cuando el calor azota, al menos se puede soñar.

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Vestido (n° 30) de recepción en tafetán de seda, c. 1855, usado por Isidora Zegers de Huneeus.

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Vestido (n°  23) de recepción en raso grueso y terciopelo, bordado en hilo de plata, c.1912, usado por Loreto Cousiño de Lyon, diseñado por Ney Soeurs.

El vestido n° 5 (c.1832), un precioso traje de uso diario de invierno en hilo estampado con motivos florales, y usado por Loreto Squella y Lopetegui de Cousiño, está forrado y acolchado en lana de oveja, garantizando calor en los días fríos. Por su parte, el vestido n° 25 (c. 1890) luce abrigador, por su alto cuello. Sin embargo, es un vestido de verano, que cuenta con una peculiar tecnología térmica: su forro interior es de hilo encerado, y mantiene fría la piel. Así, su dueña, Clemencia de la Barra, podía pasear por la playa sin acalorarse. Un maravilloso ejemplar, el vestido n° 29 (c. 1820), una de las piezas más antiguas de la colección, confeccionada en tafetán de seda estampada, presenta en el pecho, mangas y ruedo peculiares aplicaciones rellenas de lana, que no buscan mantener el calor sino dar volumen y crear formas tridimensionales.

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Vestido (n° 5) de uso diario de invierno en hilo estampado, forrado y acolchado en lana de oveja, c. 1832, usado por Loreto Squella y Lopetegui de Cousiño

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Vestido (n° 25) de paseo en raso estampado y encaje de seda, c. 1890, usado por Clemencia de la Barra.

Estas y otras curiosidades podrán conocer en su visita a “Vestidas: 100 años de moda”. ¡Los invitamos con mucho entusiasmo a disfrutar de esta preciosa exposición y a ser testigos de una parte importante de la historia social del traje en Chile!  La muestra estará abierta hasta el 4 de septiembre y la entrada es liberada.

Casas de Lo Matta
Av. Kennedy 9350, Vitacura, Santiago, Chile.
Martes a domingo, 10:00 a 18:00 hrs.
Página web: http://www.corporacionculturalvitacura.cl/

Bibliografía

Pastoureau, Michel: The Devil’s Cloth: A History of Stripes. New York: Washington Square Press, 2001.

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