Nota

“Gabinetes de curiosidades”: El caso de Manfredo Settala

por Loreto Casanueva
Magíster en Literatura
Universidad de Chile

En la Europa de los años 1550-1750, objetos provenientes de la naturaleza y otros creados por la mano humana, se encontraron cara a cara en los llamados “gabinetes de curiosidades” o “cámaras de maravillas”, pequeños muebles o espaciosas habitaciones que personas de ciertas clases sociales y de ciertos oficios y profesiones, se dedicaron a atiborrar, guiados por una fiebre coleccionista. La consigna de las colecciones, por más distintas que fueran unas de otras, era el deseo de posesión de objetos destacados por su rareza, maravilla, curiosidad, exotismo. No es azaroso que la época del apogeo de los gabinetes de curiosidades, anunciada durante la Edad Media por los thesauri, colecciones de impronta eclesiástica que se conservaban en iglesias y monasterios, haya sido el Renacimiento, la era de los grandes descubrimientos en el universo, en el planeta tierra y en el cuerpo humano. Es también el tiempo de los viajes de placer y de comercio, travesías que le permitieron a exploradores y mercantes volver a sus tierras natales con souvenirs y adquisiciones que repletarían las salas de los coleccionistas, si no las suyas propias.

El coleccionismo medieval, en líneas generales, emprendido por gobernantes y sacerdotes, procuraba la conservación y exhibición de reliquias pertenecientes a santos y mártires, objetos litúrgicos, joyería de la realeza, ornamentos y obras de arte (en especial si eran elaborados con materiales preciosos), y de uno que otro objeto maravilloso y exótico, de dudosa veracidad, como el olifante de Roldán o un cuerno de unicornio (ambos pertenecientes al campo de los mirabilia). Tal es el caso de la abadía francesa de Saint-Denis. La colección que albergaba, como muchas otras de la Baja Edad Media, funcionaba como “repositorios de riqueza y de poder mágico y simbólico”1, ensalzando al Dios cristiano como creador y legitimando el poder de linajes reales y de instituciones religiosas que habían recabado tales objetos, cuya materialidad tenía proyecciones divinas y milagrosas. En ese sentido, las colecciones de objetos de esta especie, custodiadas en edificios eclesiásticos, promovían además la visita de peregrinos de diversas latitudes, quienes podían admirar pertenencias y prendas de sus santos o heroicos dueños.

La transformación gradual de estos proto-gabinetes en lo que conoceríamos como gabinetes de curiosidades propiamente tal, encuentra su hito en la proliferación del coleccionismo como pasatiempo de príncipes- especialmente en Italia-, quienes almacenaban sus tesoros eminentemente artísticos, signados por la belleza y el decoro, en los studioli o archivos privados: el más antiguo data de 1335, fundado por Olivero Forza de Treviso, mientras que los Médici también gozaron de ellos en sus residencias. Hacia fines del siglo XV, el coleccionismo de curiosidades se vio favorecido por diversos factores. Dos de ellos, ya mencionados, son el viaje y el comercio, vinculados entre sí además por la efervescencia de la actividad bancaria. Un tercer factor es la renovada consideración de la curiosidad como una virtud, otrora vicio intelectual según la patrística medieval, pues corrompía la esencia humana mortal, como el pecado de Adán y Eva. A fines del siglo XVI y principios del XVII el panorama cambiaría favorablemente para la curiosidad, la cual desde ese entonces y probablemente hasta entrada la Ilustración, fue admirada como un instrumento valioso de saber y como una forma de vincular las esferas del microcosmos con el macrocosmos conocidos, que tanto se habían expandido durante esos años. En “The Age of Curiosity”, Krzysztof Pomian señala que la curiosidad “es un deseo y una pasión: un deseo de ver, aprender o poseer lo raro, lo nuevo, lo secreto, o cosas destacadas, en otras palabras aquellas cosas que tienen una relación especial con la totalidad y, por consiguiente, provee los recursos para conseguirlas” 2. Para Pomian, la curiosidad se concreta físicamente en la colección de rarezas y maravillas, que atrae a su vez la curiosidad del espectador, tal como lo relata una inscripción en la puerta del gabinete del físico francés Pierre Borel, que data del siglo XVII: ” Detente aquí, viandante curioso, porque aquí verás un mundo en una casa, en un museo: un microcosmos o un compendio de cosas extrañas” 3.

Grabado del Gabinete de curiosidades de Ferrante Imperato, Dell’ Historia Naturale, 1599.


Es así como el afán por conservar objetos extraños (bajo las categorías artificialia o curiosa artificiosa, naturalia, exotica o scientifica) trasciende la esfera eclesiástica, para instalarse entre burgueses, boticarios, mercaderes, todos aficionados o eruditos, con presupuestos regulares para adquirir rarezas, dependiendo de su interés o avidez, oficio e, incluso, del espacio disponible para la exhibición. En ese sentido, podríamos decir que los gabinetes de curiosidades son la versión laica de los thesauri. En gran medida, la secularización del coleccionismo de cosas extrañas, especialmente de obras de arte, piezas de joyería y decoración, se coordina con una nueva mirada sobre el mundo material, liberada de las presiones dogmáticas respecto de la futilidad de la posesión de bienes mundanos, así como también con un renovado espíritu de investigación, que impulsa al coleccionista a emprender la búsqueda de rarezas por sí mismo y a vivir en carne propia la construcción de su propio museo variopinto, aun cuando deba penetrar en lugares “bajos”. Philipp Blom explica que tal fue la revolución renacentista respecto al saber y sus espacios de adquisición que,

por primera vez se aceptó que . . . un mercado de pescado podía ser mejor que una biblioteca. Lo más probable era que, más que cualquier cantidad de manuscritos latinos, los pescadores hubiesen pescado en sus redes ejemplares raros y maravillosos . . . El propio [Ulisse] Aldovandri [gran coleccionista y fundador de la historia natural moderna] recorría los mercados de pescado en busca de nuevos hallazgos. 4

Hubo gabinetes dedicados solo a la ciencia, al arte o al juego (como el diseñado por Philipp Hainhofer para el rey Gustavo II Adolfo de Suecia), o bien tipo misceláneo, en los cuales convivían objetos naturales (fósiles, conchas de mar, animales disecados, especies exóticas de América, porcelanas asiáticas y morbosos “monstruos” africanos) con criaturas artificiales; privados (como el de Rodolfo II de Habsburgo) o públicos, que llevaban un meticuloso registro de visitas (como el de Aldrovandi, que sufrió una avalancha de visitas cuando comenzó a exhibirse el cadáver de un “dragón”); sofisticadamente ordenados y taxonomizados o caóticamente dispuestos; para el divertimento o la investigación científica. Cada gabinete era un mundo en sí mismo, un microcosmos. Y se multiplicaron en todo el continente europeo. Blom consigna que el holandés Hubert Goltzius registró novecientas sesenta y ocho colecciones en los Países Bajos, Alemania, Francia, Italia, Austria y Suiza, las cuales presumió conocer a cabalidad, mientras que solo en Venecia, durante el siglo XVII, habían más de setenta. El mismo autor señala otra anécdota interesante que da cuenta del tremendo fenómeno socio-cultural que significaron los gabinetes de curiosidades: en la Holanda del siglo XVI, hasta las casas de muñecas, para poder considerarse “casas” propiamente tal, debían contar con un mueble en miniatura en cuyos cajones se encontraban especímenes diminutos de la naturaleza, como conchas de mar.

Muñecos autómatas del Gabinete de curiosidades diseñado por Philipp Hainhofer, Augsburgo, siglo XVII.

Dado del Gabinete de curiosidades diseñado por Philipp Hainhofer, Augsburgo, siglo XVII.

“Inuentando, e faticando, e raccogliendo”: el gabinete de curiosidades de Manfredo Settala

Retrato de Manfredo Settala, Daniele Crespi, c. 1625.

El gabinetto delle curiosità de Manfredo Settala (1600-1680), coleccionista milanés y clérigo jesuíta, es un ejemplo excepcional de lo que estos espacios llegaron a ser, y cómo se encontraban íntimamente ligados con la cultura material y el fenómeno del mecenazgo de su tiempo. Settala heredó no solo la fascinación por las curiosidades- sobre todo científicas- de su padre, el reconocido físico Lodovico Settala, sino también su colección, creando a partir de ella un museo de cuatro salas que, a lo largo de toda su vida, repletó progresivamente de objetos curiosos de todo tipo, que incluso llegaron a cubrir los techos.

Grabado del Gabinete de curiosidades de Manfredo Settala, Museo o Galeria: adunta dal sapere, e dallo studio del sig. Canonical Manfredo Settala, 1666.

Animales disecados, cuernos, huesos, plantas prensadas, relojes, muñecos autómatas, instrumentos ópticos y musicales, minerales, armas, prendas de vestir y pertenencias de culturas precolombinas fueron reunidos en su galería, la cual contaba diariamente con una tremenda afluencia de público. Gran parte de los objetos exhibidos fueron conseguidos por Settala gracias a las misiones que sus compañeros jesuítas emprendieron dentro y fuera de Europa. Además, durante la década de 1620, viajó alrededor de siete años por la región del Levante Mediterráneo. Así, dotó a su museo de infinidad de artilugios y objetos orgánicos e inorgánicos de diferentes latitudes. No solo su padre inspiró su proyecto coleccionista, sino también Federico Borromeo, arzobispo de Milán y dueño de una extravagante colección, quien se convirtió en su patrocinador “artístico”. Un año después del deceso de Settala, Filippo Bonanni, quien fuera curador del gabinete de curiosidades del jesuíta alemán Athanasius Kircher, calificó la galería de Manfredo como “la más famosa entre estos [museos] en Italia, por la variedad de obras, tanto de la Naturaleza como del Arte, que fueron conservadas allí” 5.

Extrañeza y variedad, consignas de cualquier gabinete de curiosidades que se preciara de tal, encontraron en el museo de Settala su modelo ejemplar. El comentario de Bonanni en relación a la formidable comunión de lo natural y artificial en ese espacio, forma parte de una serie de reflexiones críticas en torno al estatuto creador que adquiere la naturaleza a la luz de los wunderkammern: si bien el ser humano de por sí es considerado como un potencial artesano, artista u orfebre, capaz de crear maravillosas, bellas y estrafalarias piezas, a Natura también se le puede admirar como una fuerza creadora de intuición artística. La siguiente frase del filósofo inglés Francis Bacon, contemporáneo de Settala 6 , que es además un consejo para quienes desean diseñar su propia galería de objetos raros, compendia esta idea de la naturaleza como un espacio pletórico de creatividad, que ofrece en su seno infinidad de criaturas hermosas y dignas de ser exhibidas como obras de arte: “un gabinete lo suficientemente grande, en el que ha de clasificarse e incluirse cuanto de extraño en forma y movimiento haya hecho la mano del hombre, ya sea mediante arte o máquina exquisita, cuanto la singularidad, la oportunidad o el azar de las cosas, cuanto la naturaleza haya forjado en punto a seres vivos” 7.

Siguiendo a Paula Findlen, para coleccionistas como Settala, “fue la dialéctica entre naturaleza y arte, manifestada en la confusa yuxtaposición de objetos e instrumentos, más que el vasto compendio del mundo natural, lo que ellos deseaban representar” 8 . Es decir, la heterogénea e indistinta concurrencia entre lo natural y lo artificial es la aspiración de este tipo de gabinetes, la que, sin embargo, halla una suerte de “solución” en aquellos objetos que amalgaman materias primas provenientes de la naturaleza con el ingenio artístico del ser humano, como es el caso de un peculiar artilugio decorativo del gabinete de Settala, el cual consistía en un cuarzo con vetas rosadas, finamente pulido, que gracias a la mano artesana había adquirido una forma definida y cilíndrica, y que había sido montada sobre una base trabajada en bronce. En las ilustraciones de este objeto, perteneciente al último volumen de catálogos ilustrados del museo settaliano, pueden observarse, arriba, los diversos ángulos del adorno, mientras que en la parte inferior se visualiza la piedra aún en su estado natural.

Folio de uno de los volúmenes del catálogo.

La noción de yuxtaposición, que es transversal a todas las galerías de rarezas misceláneas, y que se encarna, por ejemplo, en el extravagante y magnético encuentro entre un pez globo disecado y un muñeco autómata de fisonomía diabólica, se hace presente también en el gabinete de Settala, a través de la exhibición de varios inventos y objetos ornamentales que el propio coleccionista elaboró, verdaderas piezas de orfebrería confeccionadas con gemas, marfil y porcelana. Es justamente una apología de la yuxtaposición de los objetos la que abre el primer catálogo textual de este museo, en la sección “À chi legge”, escrita por Pietro Francesco Scarabelli: “La majestad de la naturaleza y la maravilla del arte en el Teatro del Mundo” 9 . Es la apología de la yuxtaposición de los múltiples quehaceres de un coleccionista de la talla de Manfredo Settala la que Giovanni Battista Pastorini declama en la conmovedora Oración fúnebre que le dedica, al referirse a él como un hombre curioso e infatigable que constantemente estaba “inventando, y trabajando, y coleccionando” 10.

Pez disecado. Gabinete de Manfredo Settala, siglo XVII.

Muñeco autómata diabólico. Gabinete de Manfredo Settala, siglo XVII.

La yuxtaposición que cruza al gabinete de Settala trasciende lo que se ha dicho hasta aquí: no solo transparenta la esencia de un espacio de colección de rarezas, con su eclecticismo y universalidad de objetos, la dialéctica entre naturalia y artificialia-scientifica, la dedicación del coleccionista a diversos oficios y ocupaciones que decantan en su meticulosa galería y que la invisten de su sello único, sino también opera como método de disposición de las cosas que la componen: para Settala, la yuxtaposición permitía al espectador o al erudito visitante una aproximación contrastiva o bien un estudio comparativo etnográfico-antropológico entre ciertos objetos como, por ejemplo, aquellos exotica provenientes de la cultura material de pueblos precolombinos, en especial, brasileños. En el marco de la era de los descubrimientos y la expansión geográfica de Europa, tanto la mirada curiosa del aficionado como la contemplación inquisitiva de un misionero jesuíta pronto a embarcar se vieron favorecidas por este mosaico de objetos.

Los catálogos settalianos o cómo ordenar el caos

No cabe duda que la visita a un gabinetto de las características del de Settala debió haber sido un espectáculo realmente estimulante en términos visuales e intelectuales. Sin embargo, ¿cómo ordenar este aparente caos que, pese a la ubicación precisa de cada ejemplar dentro del espacio de la colección, congregaba objetos de distintas improntas, orígenes, funcionalidades o inutilidades, sin tener que descalabrar la instalación de la colección como espacio de goce estético en sí mismo? 11. El recurso al que Manfredo Settala orientó sus esfuerzos, así como lo hicieron otros grandes coleccionistas de su época, fue el catálogo, bajo dos modalidades: el primero de tipo inventario, que corresponde a un catálogo general de todos los objetos de la colección (que hacia 1660 ascendía a 3.000 ejemplares), sus respectivas descripciones y datos acerca de su proveniencia, organizados en alrededor de 70 capítulos, correspondientes a diversas categorías como lentes ópticos, piedras preciosas, porcelanas chinas, dientes de animales, monedas antiguas. La primera edición de este catálogo fue escrita en latín por el físico Paolo Maria Terzago, y se publicó en 1664 bajo el título “Musaeum Septalianum”; la segunda, compuesta por el también físico Pietro Francesco Scarabelli, fue publicada en 1666, consistió en una traducción del texto latino al italiano, con el fin de que caballeros y damas curiosas pudieran cumplir su deseo de conocer el museo a través de un inventario escrito en lengua vernácula. Durante los dos años que mediaron entre ambas ediciones, la colección de Settala había aumentado, y la edición de 1666 añadía las nuevas adquisiciones del museo. La segunda modalidad se trataba de un catálogo de tipo visual, conformado por siete volúmenes (de los cuales actualmente se conservan cinco), y en el que trabajaron numerosos ilustradores italianos, tales como Domenico Tencala, Francisco Porro, Francisco Volpino y Carolo Galluzio. Este catálogo fue editado durante la década de 1660 y estaba organizado temáticamente. Cada hoja estaba íntegramente dedicada a un objeto particular: su respectiva ilustración, pintada a todo color para emular el objeto real, protagonizaba el folio, y bajo ella se leían breves anotaciones, hechas por el mismo Settala, en las que se explicaba qué era y de dónde provenía. A este respecto, Antonio Aimi señala que “Settala no se aventuró en una teorización precipitada, prefiriendo limitarse al estudio de objetos individuales, lo que hoy llamaríamos cultura material, rechazando la interpretación simbólica del objeto, típica de los siglos XVI y XVII, presente incluso en obras de científicos como Aldrovandi” 12 . La separación del ejemplar curioso desde el conjunto atestado de la colección, posibilitada por la ilustración, permite, en un nivel profundo, su individualización y su reivindicación entre el resto de los objetos, particularizándolo, dando cuenta de su especificidad funcional, cromática, cultural, etcétera.

Folio de uno de los volúmenes del catálogo.

Folio de uno de los volúmenes del catálogo.

Ambas modalidades, el catálogo tipo inventario y el catálogo visual, parecen reordenar ese mundo aparentemente- y exquisitamente- disperso. Y, por supuesto, permite, en un nivel más superficial, pero no por ello menos relevante, dar a conocer el gabinete de curiosidades a aquella audiencia limitada para visitarla y, por supuesto, estimular la concurrencia de potenciales visitantes y viajeros, atraídos por las formas, los colores y las novedades de los objetos inventariados, descritos e ilustrados. Después de todo, como explica Findlen, el museo de Settala había sido “diseñado más para sorprender que para informar” 13.

Un epílogo y un funeral

Probablemente sin imaginárselo, la muerte de Manfredo, en 1680, significó una performática muestra itinerante de su gabinete de curiosidades. Su labor como coleccionista fue tan relevante en su ciudad, que cuando falleció su cortejo fúnebre consistió en una preciosa procesión comprendida por sus amigos, familiares, admiradores y… ¡todos los objetos de su museo! Estos recorrieron la ruta entre su residencia y el colegio de Brera, donde se celebró un funeral presidido por los rectores y estudiantes de la institución jesuíta. Incluso hubo miembros del colegio que personificaron algunos de los inventos más formidables de Settala, y recitaron epigramas latinos en su honor, en nombre de las musas de la óptica, la música y la física. Como señala Findlen, “las exequias de Settala fueron una forma de teatro jesuíta en los que objetos, familia, y amigos participaron en un ensayo colectivo de su vida” 14 .

Por primera vez, las curiosidades que daban vida a su gabinete, eran desmontadas de su hábitat para marchar por el espacio urbano y público, y rendir tributo a quien cuidadosamente las seleccionó y conservó, admirando en ellas facturas, texturas, matices, que tal vez otro ojo humano no habría distinguido: el ojo del curioso. Mala fortuna corrieron varios de esos ejemplares, pues nunca más volvieron a su habitual simulacro, siendo víctimas del saqueo y la especulación, acciones que Settala habría denostado con decisión, pues él nunca quiso lucrar ni con su colección ni con sus inventos. Debe ser cierto aquello que Findlen apunta con tono lapidario y elegíaco: “un museo sin coleccionista no es un museo” 15. En 1751, el patrimonio de Settala pasó a manos de la Biblioteca Ambrosiana, fundada por su maestro Borromeo en 1603.

El fastuoso y espectacular funeral de Manfredo, tan fastuoso y espectacular como su propia colección, no solo representa el renovado valor de la curiosidad en el contexto cívico, científico y artístico italiano, sino también pone en tensión el rechazo patrístico de la posesión de bienes y el apego a lo material, tan vinculada al estatuto del curioso como vicioso. Settala emprende su viaje al mundo ultraterreno escoltado por sus propias pertenencias y objetos, desafiando la condición efímera del ser humano, que ya desafiaba en su calidad de detentor de un magnífico gabinete de curiosidades.


1. Daston, L.-Park, K.: ”Wonders and the Order of Nature, 1150-1750‬”. Zone Books, California, 2001, p. 68.

2.Pomian, K.: ´The Age of Curiosity’. En “Collectors and Curiosities: Paris and Venice, 1500-1800”. Traducido por Elizabeth Wiles-Portier. Polity Press, Oxford, 1990, pp. 58-59.

3. Ctd. en Kenseth, J.: ‘A World of Wonders in One Closet Shut’. En “The Age of the Marvelous”. Hood Museum of Art, Dartmouth College, Hanover, 1991, p. 86.

4. Blom, P.: “El coleccionista apasionado: Una historia íntima”. Anagrama, Barcelona, 2013, p. 29.

5. Ctd. en Findlen, P.: “Possessing Nature:Museums, Collecting, and Scientific Culture in Early Modern Italy”. University of California Press, California, 1994, p.34.

6. En el estudio de Findlen, recientemente citado, se discute la posible influencia de Bacon sobre Settala, en especial en la p. 328.

7. Bacon, F.: “The Letters and the Life of Francis Bacon Including All His Occasional Works: Namely Letters, Speeches, Tracts, State Papers, Memorials, Devices and All Authentic Writings Not Already Printed Among His Philosophical, Literary, Or Professional Works”, Volumen 1, editado por James Spedding. Longman, Green, Longman, and Roberts, Londres, 1868, p. 335.

8. Findlen, Op. Cit: p. 35.

9. Terzago, P.-Scarabelli, F.: “Museo, ó Galeria adunata dal sapere e dallo studio del Sc. Canonico Manfredo Settala”. Biblioteca Estatal de Baviera, 1666., p. 3.

10. Pastorini, G.: “Orazion fvnerale per la morte dell’illvstriss. sig. can. Manfredo Settala : nell’eseqvie celebrate in Milano da svoi sig. nipoti nella basilica di s. Nazaro”. Nella Stampa Arciuescouale, Milán, 1680, p. 20.

11. En su texto ‘The exotica of the Settala museum and other northern Italian collections’, en “Turquoise in Mexico and North America: Science, Conservation, Culture and Collections, editado por J.C. King et al.. British Museum, Londres, 2012, Antonio Aimi considera que el diseño de la colección de Settala está altamente influenciado por el gusto barroco.

12. Aimi, Op Cit: p. 159.

13. Findlen, Op. Cit.: p. 34.

14.Ibid: p.333.

15. Ibid: p. 332

Bibliografía

Aimi, A.: ‘The exotica of the Settala museum and other northern Italian collections’, en “Turquoise in Mexico and North America: Science, Conservation, Culture and Collections, editado por J.C. King et al.. British Museum, Londres, 2012.

Bacon, F.: “The Letters and the Life of Francis Bacon Including All His Occasional Works: Namely Letters, Speeches, Tracts, State Papers, Memorials, Devices and All Authentic Writings Not Already Printed Among His Philosophical, Literary, Or Professional Works”, Volumen 1, editado por James Spedding. Longman, Green, Longman, and Roberts, Londres, 1868.

Blom, P.: “El coleccionista apasionado: Una historia íntima”. Anagrama, Barcelona, 2013.

Daston, L.-Park, K.: “Le meraviglie del mondo. Mostri, prodigi e fatti strani dal Medioevo all’illuminismo”. Carocci, Firenze, 2000.‬‬‬‬‬

—. ‬”Wonders and the Order of Nature, 1150-1750‬”. Zone Books, California, 2001.‬‬

Findlen, P.: “Possessing Nature:Museums, Collecting, and Scientific Culture in Early Modern Italy”. University of California Press, California, 1994.
Kenseth, J.: ‘A World of Wonders in One Closet Shut’. En “The Age of the Marvelous”. Hood Museum of Art, Dartmouth College, Hanover, 1991.

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Terzago, P.-Scarabelli, F.: “Museo, ó Galeria adunata dal sapere e dallo studio del Sc. Canonico Manfredo Settala”. Biblioteca Estatal de Baviera, 1666.

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