Nota

Una misa diferente

por Jimena Castro
Dra (c) en Estudios Americanos del Instituto de Estudios Avanzados
Universidad de Santiago de Chile

Como se acerca Navidad, qué mejor que viajar a un tiempo en que ni Santa Claus ni las súper ofertas eran los protagonistas de este tiempo. Vayámonos al siglo XI francés y nos vamos a encontrar con una fiesta llamada “del burro” o “del asno” (Festum Asinorum). ¿Por qué una liturgia de este animal si se supone que se celebra el nacimiento de Jesús? Pues porque un burro fue el que transportó a María, José y Jesús en su huida a Egipto (ver Mateo 2, 13-15).

La huida a Egipto. Siglo XIV, Cambridge University Library.

Así, esta fiesta celebrada cada 14 de enero consistía en una procesión que realizaba una joven (representando a María) con un niño en sus brazos, montando un asno que seguramente era hecho de madera. Una vez llegados al altar, la imagen del burro se ubicaba al lado derecho de este para dar inicio a la misa. De acuerdo a Timothy J. Crowley, la celebración iniciaba con el siguiente texto: “Desde el oriente el asno ha llegado, hermoso y muy valiente, bien equipado para llevar cargas. ¡Venga, Señor Burro y canta! Abre tu hermosa boca. Habrá heno y avena en abundancia para ti”.

Una vez terminada la misa, los fieles en vez de responder “Deo gratias” (A Dios gracias) al llamado “Ite, Missa est” (Idos, la misa ha terminado), terminan cantando algo como “Jijam”, al modo de un burro:

La fiesta del asno fue suprimida hacia el siglo XV por los excesos que comenzó a significar. Era una misa evidentemente opuesta a la seriedad que requería una acción litúrgica. Sin embargo, en 1.400 el claustro de la Universidad de París lanzó una potente reflexión en torno a la prohibición de esta fiesta, defendiendo el lugar de la risa en ese contexto: “Nuestros eminentes ancestros han permitido esta fiesta. ¿Por qué se nos ha de prohibir ahora? Los toneles de vino estallan si no les sacamos los tapones de vez en cuando para orearlos. Así también nosotros, viejos barriles que el vino de la sabiduría nos haría estallar si lo conservásemos exclusivamente para el servicio de Dios. De esta manera, durante diversos días al año, lo ventilamos, nos abandonamos –para divertirnos según la tradición–a los placeres más exhuberantes y a la locura, que es nuestra segunda naturaleza y parece ser innata en nosotros; y así, después volvemos con mayor entusiasmo a nuestros estudios y al ejercicio de la santa religión” (cit. en Jesús Francesc Massip, El teatro medieval, 26-7).

Esta necesidad de locura descrita por el claustro era para Mijail Bajtin un aspecto muy relevante en la vida cotidiana del hombre medieval. En su estudio sobre Rabelais, explica la importancia del carnaval y la risa, indicando que esta última es el único patrimonio que el pueblo podía poseer. A diferencia del humor moderno, para Bajtin el humor popular de la Edad Media se valía de la sátira para que la risa fuera de todos: el burlador no se excluye de aquello de lo que se está riendo, sino que también lo hace de sí mismo en una vocación universalista.

Además de la clara inversión de roles que suponen estas prácticas, Bajtin apunta un aspecto más profundo con respecto a las celebraciones carnavalescas. A medida que las jerarquías se van anulando, la risa se torna ambivalente, pues se trata de una risa muy alegre, pero que es sarcástica también, “niega y afirma, amortaja y resucita a la vez” (Bajtin, 13).

Ya lo sabía la abuelita: “De los burros, la destreza, no radica en la cabeza”.

Bibliografía

Bajtin, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais. Madrid: Alianza, 2003.

Crowley, Timothy J. “Feast of Asses.” TheCatholicEncyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907.22 Dic. 2014.

Massip, Jesús Francesc. El teatro medieval. Una voz de la divinidad, cuerpo de histrión. Madrid: Editorial Montesinos, 1992.

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