Nota

Gabinete de curiosidades n° 4

por Francisco Castillo Cristi
Licenciado en Diseño
Universidad Mayor

Los hombres llevan ponchos, sombreros y botas; las mujeres, vestidos floreados y trenzas. Son alegres y de mejillas coloradas, montan a caballo y siempre están realizando alguna actividad. Son algo rústicos, podría decirse toscos, pero su belleza está en eso. Cabe destacar además una particularidad, su estatura media no sobrepasa los ocho centímetros.

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Quizás sea prudente mencionar también, que estos hombres y mujeres no son, naturalmente, personas de carne y hueso, sino que de arcilla. Hablamos de una artesanía típica de Chile: miniaturas de greda policromada que representan escenas, oficios y costumbres de la cultura huasa de la zona central del país. Entre ellos destaca la representación de la fiesta de Cuasimodo, cantoras con guitarras, parejas de cueca, fruteros, polle aguateros y tortilleros. Una tradición que nace durante los primeros años del 1900, heredera de una técnica en greda cultivada en el siglo XVII a los pies del cerro Santa Lucía, en la capital del entonces Reino de Chile.

La historia de este tipo de artesanía se remonta a la Colonia y, como bien mencionábamos, a los pies del Santa Lucía, específicamente en el terreno de la actual Biblioteca Nacional, donde se encontraba el convento de claustro de la monjas Clarisas. Las religiosas eran, por lo general, de origen aristócrata y se enclaustraban con sus sirvientas indígenas. Fueron éstas últimas quienes les enseñaron a trabajar la arcilla para fabricar así toda clase de objetos, por medio de la técnica de arcilla perfumada y policromada que hizo famosas a las religiosas de Santa Clara.

La tradición de la arcilla policromada llegó a Talagante a fines del siglo XIX. Es ahí donde la artesana local Sara Gutiérrez dio un giro a la tradición para generar, en vez de recipientes y ollas, figuras representativas de la cultura rural de la zona central, con un estilo único que se transformó en poco tiempo en un ícono del arte popular.

Estas figuras inicialmente pasaron a formar parte importante del pesebre a la chilena,  el cual, a comienzos de siglo, era muy común en las grandes casas de las familias aristócratas con tradición de campo, pues solían dedicar una habitación entera para crear una fantasiosa escena de natividad mezclada con las costumbres del campo chileno.

El valor cultural de esta artesanía radica no solo en sus aspectos formales, sino en las acciones que retratan: antiguos oficios y actividades del campo, inmortalizados en arcilla, por ejemplo, el vendedor de agua o aguatero que llevaba en las alforjas de su equino vasijas con agua fresca. O el vendedor de pollo, el pollero, que del mismo modo, cargaba en canastos su mercancía, al igual que el frutero y el tortillero.

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En estos días es posible encontrar figuras de arcilla policromada, e incluso representando oficios propios de esta época. No obstante, al igual que muchos otros exponentes del arte popular, las figuras de arcilla ven amenazada su continuidad por falta de artesanos que se dediquen a ello. En 2009, la UNESCO las declaró Obra Patrimonial.

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