Nota

Objetos para guardar objetos en Roma Antigua

por Loreto Casanueva
Magister en Literatura
Universidad de Chile

En Paradoxa Stoicorum 1.1.8, Cicerón transcribe la célebre frase que Bías de Priene, uno de los “siete sabios” griegos, enunció mientras escapaba para salvarse la vida, cuando su ciudad estaba siendo invadida por enemigos persas: “omnia mea mecum porto”, “llevo todas mis cosas conmigo'”. Extraña frase para el interlocutor que la escuchó, porque Bías iba con sus manos vacías. Es que el sabio no necesitaba acarrear sus bienes materiales para poder sobrevivir, pues para ello solo bastaba su sabiduría. Pero no todos son como Bías. Hay quienes (¡y yo me incluyo!), efectivamente, llevan consigo todo aquello que necesitan (o creen necesitar) cuando van a pasear, estudiar o trabajar, y otros que lo guardan cuidadosamente en casa, en objetos de distintos formatos y con diversos fines, portátiles o no portátiles, como monederos, joyeros, especieros, estantes o maletas -y, por último, los más astutos, creativos y previsores, que improvisan alcancías bajo el colchón.

Podría decirse que en Grecia y, en especial, en Roma nacen y/o se nominalizan gran parte de los objetos para guardar objetos que usamos a diario. De muchos de ellos solo conservamos el nombre, porque la función primera del objeto cambió con los años, y con las necesidades y las actividades de las personas, como la capsa, contenedor cilíndrico de cuero o madera dentro del cual se guardaban los rollos (volumina) de papiro, es decir, los libros. De ahí viene nuestra “caja”, y también “cápsula”, ‘caja pequeña’. La capsa funcionaba como una primitiva forma de encuadernación.

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Relieve funerario de un librarius (‘bibliotecario’) apoyado sobre una capsa.

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Reconstrucción ilustrada de una escultura de la musa de la Historia, Clío, con un rollo de papiro en la mano izquierda y una capsa a sus pies.

Por su parte, el armarium era un mueble de mayores dimensiones, que servía para almacenar rollos de papiro y pergamino en forma horizontal. Fuera del ámbito de la biblioteca, el armarium servía para exhibir los retratos familiares (imagines). No viene del étimo arma sino de ars, “arte” o “técnica”, del cual proviene la palabra “artefacto”.  Muchos armaria formaban entonces una biblioteca. Hoy, el armario es el lugar donde se guarda la ropa, el calzado y uno que otro cachureo, emparentándose más con el closet inglés que con el armarium romano.

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Relieve funerario de un librarius sosteniendo un volumen. Junto a él, un armarium abierto de par en par.

Las capsae y los armaria, sin duda, tienen el mérito de haber conservado por siglos y siglos la cultura registrada y transmitida en la Antigüedad. Pero no todo es cultivar el intelecto. Si de cultivar la imagen se trata, los romanos, en especial, las romanas, contaban con una serie de coquetos adminículos para guardar sus afeites y adornos, como este precioso joyero pompeyano llamado pyxides (del griego pyxis, ‘caja para guardar objetos de tocador y joyas’). Casi siempre estas cajas, tanto las griegas como las romanas, estaban ornamentadas con escenas femeninas (mujeres tejiendo a telar o dándose un baño termal).

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Pyxides de bronce y marfil (la parte de madera corresponde a restauración), siglos II-III d.C. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Este es un pyxides con forma de cilindro y confeccionado con vidrio de aspecto marmolado, especialmente diseñado para guardar joyas: una preciosura.

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Pyxides de vidrio, fines del siglo I a.C., Walter Art Museum, Baltimore.

Hace no muchos años, el mundo arqueológico fue espectador de un asombroso descubrimiento: una cajita redonda y metálica con una crema facial que aún conserva el recorrido de las yemas de los dedos de su dueño o dueña, y que data aproximadamente del siglo I a.C.. Fue descubierta durante una jornada de excavación en el río Támesis, Londres, durante el año 2003.

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Otra palabra latina para nombrar objetos para almacenar objetos es la cista, ‘canasta’, cuyo material podía ser tan ligero como el mimbre y tan pesado como el bronce. Se usaban para diversos fines: cívico (urna para votar); ritual (mujeres habrían llevado este tipo de cajas, pero en formato oblongo, en las procesiones realizadas durante los festivales griegos en honor a Dionisos y Démeter, las cuales contenían objetos sagrados relacionados con esos dioses); funerario (como las praenestine cistae, cajas cilíndricas de metal, muy suntuosas, que fueron encontradas en tumbas de la necrópolis de Praeneste y en cuyo interior se han encontrado generalmente objetos de belleza e higiene). Se cree que acompañaban a los difuntos en su viaje hacia el Averno. Muchas de las superficies de estas cajas están cinceladas y relatan, través de imágenes, el mito de los argonautas o la disputa entre Pólux y Ámico). Ya se imaginarán que de cista viene nuestra “cesta”.

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Praenestine cista con escenas de la Guerra de Troya, mediados del siglo IV a.C., The Metropolitan Museum of Art

Un objeto de almacenamiento mucho más portable que los otros es el loculus. El loculus nace en el seno de la milicia: era el bolso de cuero que usaban los legionarios romanos para llevar sus objetos de primera necesidad: monedas, herramientas, alimentos. Tenía forma de sobre, contaba con un cierre de bronce al medio, y estaba reforzada con tirantes diagonales. Su imagen se ha reconstruido gracias a los relieves de la Columna de Trajano.

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Detalle de la Columna de Trajano, siglo I d.C.

Si tradujéramos loculus a nuestra lengua, diríamos ‘lugar pequeño’, ‘lugarcito’. Era el pequeño kit de sobrevivencia militar, una especie de nécessaire para los básicos. 

 

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Reconstrucción de un loculus, acompañado de otros pertrechos guerreros

En almacenar objetos y atesorar experiencias los romanos eran campeones. Siguiendo la costumbre griega, en Roma existieron las praeficas, mujeres que se contrataban en los funerales como lloronas. Su llanto era exagerado e incluso algunas se arrancaban mechones de su propia cabellera para lamentar (impostadamente) al difunto. Sus lágrimas (y las de los deudos) eran guardadas en lacrimatorios, vasos de cuello largo, fabricados con vidrio o arcilla, decorados a veces con dibujos de ojos. Estos lacrimatorios eran uno de los objetos que el fallecido llevaba en su tumba hacia su viaje ultraterreno. Miren este maravilloso ejemplar iridiscente, ¿no les parece que hasta tiene forma y textura de lágrima?

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Lacrimatorio, siglo I d.C.

Bibliografía

Adkins, Lesley; Adkins, Roy: Handbook to Life in Ancient Rome. Oxford University Press, 1998.

Clark, John Willis: The Care of Books. Londres: Dodo Press, 2009.

Smith, William: A Dictionary of Greek and Roman Antiquities. Londres: John Murray, 1875.

 

 

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